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jueves, 25 de enero de 2007

No comprendo nada; es que soy joven

[…]

De repente, y sin darme cuenta, estaba bañándome con un montón de compañeras. Todo lo demás lo recuerdo bastante escueto. Sé que nos echaron de allí de un fuerte golpe y que entré a un túnel. Todas subimos a un río de color rojo y comenzaos a buscar lo que, teóricamente, era nuestro objetivo. Yo, que soy joven, me dejé guiar por otras que parecían más seguras. Y así hasta que, en un momento de entusiasmo, me extravié. Así, sola entre un montón de nada, me inicié en este mundillo de destrucción y de odio. Buscando una vía de escape en aquel horrible agujero (que, por cierto, no dejaba de contraerse y expandirse), di con un personaje cuyo rostro me resultaba familiar. Corrí a saludarlo, y por fin pude reconocerle. Lo había visto por televisión en numerosas ocasiones, pero la verdad, todo sea dicho, los famosos pierden mucho de su talento cuando no hay cámaras. Y yo tardé en identificarle. Congeniamos rápido y me acompañó camino arriba hasta una zona muy obscura, una cordillera rodeada de la más alta tecnología (mucho mejor que la que cualquiera de vosotros sería capaz de imaginar). Y un curioso entresijo de cables, conectores e interruptores. Supongo que sería una especie de “Silicon Valley” a tamaño reducido. Lo cierto es que allí me despedí de mi colega, que después de contarme sus planes me deseo suerte y me dijo que era muy probable un futuro reencuentro. Parecía muy seguro de que yo volvería. Yo aún no lo he hecho y no sé si lo haré. Soy aún joven para comprender muchas cosas.

Y, de repente, otra vez perdida, rodeada de individuos que jamás había visto (eso sí, en un sitio mucho más seguro que donde había estado antes, sin duda) me puse a investigar. Y yo, que soy joven, al principio dudé si debía o no participar en ese mundillo. Pero al fin lo hice. Sin dudarlo. Nadie dijo nada, ni salió a detenerme. De hecho, cuando yo entré todos se tumbaron y dejaron de trabajar. Existían unos servicios mínimos, sí, pero a mí no me impidieron juguetear con los botones.

Al principio fue divertidísimo. Se me ocurrió pulsar uno de los interruptores que quedaban a mi izquierda y, sin previo aviso, todo se volvió verde. Absolutamente todo de color verde. Incluso la escasa luz que llegaba, y que sólo después de mucho tiempo conseguí percibir, era verde. Pero a mí eso tampoco me pareció excesivamente divertido. Así que giré una palanca que tenía a derecha y comenzó a sonar un terrible chirrido que a todos desagradó. Intentando corregir mi error, conecté un pulsador cercano, pero lo único que conseguí fue que el chirrido se convirtiera en un sorprendente grito. Era un grito de júbilo, sin duda. Alguien se estaba divirtiendo a mi costa. Pero yo soy joven y me cuesta entender las cosas.

Mientras seguían escuchándose gritos, comenzó todo a inundarse; el agua no parecía salir de ningún lugar. Todos se fueron marchando, pero yo preferí quedarme. Creo que era la única no afectada por todo aquello.

El momento culminante de la noche fue cuando encontré un programa informático de diseño. Y yo, que aunque sea joven practico el dibujo, me puse a inventar formas. Dibujé un dragón azul, y después una especie de duendecillos que hablaban sin usar la letra e.
En pleno éxtasis creativo, escuché unas vocecillas lejanas que iban adquiriendo consistencia y potencia. Miré por un hueco y, sorpresa, allí venían todas mis compañeras, las que extravié al principio del viaje. Salí a saludarlas, les enseñé aquel lugar y, como no, el programa de dibujo. Les hizo mucha gracia, así que todas nos pusimos a inventar. Y salieron más dragones, y más duendecillos, y animales que yo nunca veré, y triángulos imposibles…

Y más gritos, y más agua… y, de pronto, como si de un terremoto se tratase, todo comenzó a temblar, y los aparatos dejaron de funcionar. La escasa luz terminó por desaparecer y… bueno, no recuerdo más. Mi siguiente imagen… ¡ufff! Tampoco la recuerdo. No sé, me duele la cabeza. No entiendo nada, es que soy joven. Lo que sí recuerdo es que todo lo que aquel día no duró mucho. De hecho, creo que apenas duró unos pocos minutos. Incluso segundos, puede.

No sé, no comprendo nada.

[…]

“Extracto del diario de una joven partícula de mescalina”


Vyktor, TRD, Sevilla-Granada; 23/02/05

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